La impugnación de Lula y un contexto político incierto de cara a las próximas elecciones presidenciales

por el Lic. Matías Truchet

La noticia dada a conocer el último fin de semana de la inhabilitación de la candidatura presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva por parte del Tribunal Superior Electoral (TSE), ha enrarecido aún más un clima político atravesado por la incertidumbre de cara a las próximas elecciones presidenciales, a disputarse el 7 de octubre.

Por un lado, la prohibición del TSE a Lula para participar en los comicios venideros -incluyendo aparición en actos de campaña y en propaganda electoral-, recrudeció los constantes enfrentamientos discursivos y políticos entablados entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Social Liberal (PSL), en razón de ser los dos partidos con mayor caudal de voto hasta el momento.

Por otra parte, el anuncio agregó una cuota mayor de duda al actual proceso electoral, cuya importancia radica en su significado: mientras que para los sectores populares -nucleados mayoritariamente por el PT- estas elecciones se presentan como una salida.a la situación política, económica y social vivida en los últimos años, para los sectores más conservadores -que actualmente gobiernan el país- estos comicios son la oportunidad de legitimarse luego de haber asumido el poder en condiciones turbulentas.

Mientras tanto, enmarcados en este contexto, los otros partidos y sus candidatos se mantienen a la expectativa y con poca repercusión en los medios, aún sin definir qué juego jugarán ante el vacío dejado por la baja de la candidatura del ex-presidente. Como si esto fuera poco, se desconoce cuál sería la tendencia del voto brasileño sin Lula como candidato.

Dada esta coyuntura, se proponen aquí algunas líneas vinculadas con cuestiones internas y externas a tener en cuenta al momento de abordar la situación del país vecino.


1) Los antecedentes políticos: las últimas elecciones presidenciales

La importancia del actual proceso electoral radica en su significado. Para los sectores populares, nucleados mayoritariamente por el PT, estas elecciones se presentan como una salida.a la situación política, económica y social vivida en los últimos años, caracterizada por la inestabilidad política e institucional, fuertes ajustes y congelamiento del gasto público y el agravamiento de la crisis social -desempleo y aumento de la pobreza-. Mientras que, para los sectores más conservadores que actualmente gobiernan el país, estos comicios son la oportunidad de legitimarse luego de haber asumido el poder en condiciones turbulentas.

En este sentido, vale recordar los antecedentes políticos que derivaron en el panorama actual.

La última vez que se celebraron elecciones presidenciales en Brasil fue el 26 de octubre de 2014, cuando en la segunda vuelta -la primera había sido el 5 de ese mismo mes, sin que ninguna de las fórmulas presidenciales lograra la mayoría absoluta- Dilma Rousseff, del PT, derrotó al candidato Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), obteniendo un 51, 64% de los votos válidos. De esa manera, Dilma era re-electa por un período de 4 años, que comenzaba el 1 de enero de 2015 y hubiera terminado el próximo 1 de enero de 2019.

Sin embargo, en diciembre de 2015 la Cámara de Diputados aceptó oficialmente los procedimientos acusatorios contra Rousseff y habilitó a que posteriormente, en mayo de 2016, el Senado la suspendiera del cargo por 6 meses, dejando en funciones como presidente interino al vicepresidente, Michel Temer. Finalmente, el 31 de agosto del mismo año, el Senado votaría la destitución de Dilma acusandola de violar las leyes presupuestarias, convirtiendo a Temer en presidente de Brasil.

De esta manera, las siguientes elecciones pueden convertirse en el fin de una etapa o en su consolidación.

En esa dirección, la candidatura de Lula era la clave que hubiera permitido dirimir un destino del otro. Sin embargo, la novedad de su inhabilitación ha forzado al PT a intentar una nueva estrategia, apelando la impugnación de su candidatura al Supremo Tribunal Federal, ámbito reservado para las cuestiones constitucionales y considerado el único poder que podría revertir la decisión de la justicia electoral.

Mientras tanto, el PT tiene como plazo para definir quién será su candidato final a presidente el próximo 12 de septiembre; de aquí en adelante los días serán decisivos para conocer si Lula puede ser efectivamente candidato o si el PT debe elegir un sucesor.

2) La tensa relación entre legalidad y legitimidad

En el marco de la carrera electoral por la presidencia de Brasil, el PT se ha apoyado en tres elementos para defender la candidatura de Lula: la falta de pruebas contundentes sobre su culpabilidad, su legitimidad como líder del PT y un reciente comunicado del Comité de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que insta a Brasil a garantizar los derechos políticos del ex-presidente.

Con esos tres pilares el Partido de los Trabajadores impulsó su campaña electoral, buscando capitalizar la legitimidad social de su, hasta hace poco, principal candidato -cuya imagen ronda el 40% de aprobación-. En este camino, el gran inconveniente con el que se ha encontrado el PT es la sentencia del ordenamiento jurídico: desde el partido se han buscado y ejecutado todos los medios legales para dejar sin efecto la inhabilitación de la candidatura de Lula, esbozando la importancia de la participación de un candidato con tanta legitimidad.

En otro orden de cosas, el tratamiento jurídico a la situación de Lula estuvo atravesado por inconsistencias legales, como la manipulación de los tiempos en el proceso para definir si se aceptaba su candidatura o no, cuyo plazo era el 17 de septiembre y el Tribunal Superior Electoral (TSE) adelantó para el 31 de agosto. A pesar de esto, el TSE justificó su decisión en la Ley de Ficha Limpia, que no permite candidaturas en situación de condena en segunda instancia y con una pena en cumplimiento efectivo, como lo es la situación del líder petista.

De esta forma, la legitimidad de los procesos sociales y políticos ha impactado contra el orden legal, de la misma manera que la utilización de las figuras legales se ha tensado con la legitimidad de los mecanismos institucionales, enturbiando la atmósfera electoral brasileña.

3) La presión internacional

Finalmente, al analizar la política interna de un país no se debe desconocer la influencia que las dinámicas del poder internacional ejercen sobre ésta. Al respecto, el sistema internacional actual atraviesa una etapa de contienda por el poder que enfrenta a Estados Unidos, Europa, China y Rusia. Frente a este escenario, América Latina es zona de disputa y Brasil no queda exento de esto.

En la década pasada, los gobiernos progresistas o “de izquierda” de la región supieron lograr cuotas de autonomía frente al poder de Estados Unidos, y así, buscaron alternativas de relacionamiento externo que encontraron, entre otros, en China y Rusia. Esto permitió una entrada importante de China en el continente -básicamente a través de acuerdos comerciales y grandes inversiones a proyectos de infraestructura- que le posibilitó desequilibrar la tradicional estabilidad geopolítica regional controlada por Estados Unidos.

Sin embargo, en los últimos 3 años, Estados Unidos ha orientado su estrategia, esfuerzos y recursos a impermeabilizar el continente a toda influencia extranjera. Entonces, teniendo en cuenta ésto, ¿cuál es la relación entre los movimientos de Estados Unidos en Sudamérica y el proceso electoral en Brasil? ¿Qué implicancias tiene que Lula sea candidato a presidente y qué ventajas presenta que no lo sea?

En primer lugar, se debe analizar las instancias de poder como los Organismos Multilaterales. En el continente americano confluyen organizaciones políticas de índole continental -como la OEA- y de índole regional -Unasur, Celac, Alba-, como así también bloques económicos -Mercosur, Comunidad Andina (CAN)-, entre otros. De todos ellos, la única en la que Estados Unidos participa es la OEA -cuya base está en Washington-.

Debido a esto, desde los últimos tiempos de Barack Obama como presidente y más fuerte y explícitamente con Donald Trump, Estados Unidos ha preferido apostar por un relacionamiento internacional bilateral más que multilateral, limitando los márgenes de maniobra de los organismos multilaterales. Al mismo tiempo, ha utilizado su influencia sobre los gobiernos sudamericanos para despojar a estos organismos de todo matiz político o social e impregnarles una base más comercial. Tal ha sido el caso del Mercosur, con sus países alineados en las denuncias contra Venezuela, y de la Unasur, que desde hace casi 2 años se encuentra acéfala y ya ha comenzado a desintegrarse.

Otra variable de análisis lo es la agenda internacional, que condicionada por Estados Unidos se ha enfocado en temas de seguridad y militarización de los territorios. Así, en Brasil ya se han producido ejercicios militares con presencia de militares estadounidenses y se concretó el ingreso de tropas estadounidenses a la Amazonia Brasileña para custodiar, junto a los ejércitos de Brasil, Perú y Colombia, la frontera de esos países. Eso se debe sumar al ya instalado regimiento militar estadounidense en la Triple Frontera (Argentina, Paraguay y Brasil), cuya función y operatividad es una supuesta lucha contra el narcotráfico.

Entonces, dada la dinámica internacional regional actual, el proceso electoral en Brasil se vuelve clave para su consolidación. Así, Lula como candidato y eventual presidente significaría una revitalización de los organismos multilaterales y una desmilitarización de la agenda y del territorio brasileño. Por esos motivos, es estratégicamente geopolítico para los Estados Unidos que logre ganar la presidencia un candidato afín a sus intereses.

Reflexiones finales

A un mes de las elecciones presidenciales de Brasil, la única respuesta hasta el momento es “incertidumbre”.

El PT no dejará de insistir en la candidatura de Lula y buscará la manera de dejar sin efecto la inhabilitación de su candidatura. Lo cierto es que le queda muy poco tiempo para definir finalmente a su fórmula presidencial y en este proceso el actual candidato a vicepresidente, Fernando Haddad, no cuenta con la misma legitimidad del ex-presidente, a pesar de ser un hombre del núcleo duro del PT -fue Ministro de Educación con Lula y Dilma y Alcalde de Sao Paulo-.

En frente del PT, el candidato con mejor imagen es el derechista y ex militar Jair Bolsonaro (PSL), con una intención de voto de un 22% aproximadamente, porcentaje que no le alcanza para ganar en primera vuelta. Por su parte, el resto de los candidatos concentran un porcentaje de votos menor. Ante este escenario, cabría proyectar alianzas. La salida tal vez la tengan los izquierdistas Marina Silva (Partido Verde) y Ciro Gomes (Partido Democrático Laborista), candidatos que proyectan una intención de voto aproximado del 12%. En este escenario, un mes puede ser suficiente y definitorio.

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