¿Qué implica para la región que Jair Bolsonaro sea presidente de Brasil?

Finalmente, Jair Bolsonaro se convirtió en el 38° presidente de Brasil. Con un 55,13% de los votos, logró superar en el ballotage al candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, quien no pudo revertir el resultado de la primera vuelta y terminó cosechando un 44,87%.

De esta manera, se pone fin a un proceso electoral histórico caracterizado por la polarización política y la violencia, campañas falsas, irregularidades institucionales y un alto grado de movilización social. El saldo: casi un tercio del padrón electoral optó por no votar a ninguno de los dos candidatos. Ya fuera a través de la abstención, del voto en blanco o del voto nulo, más de 42 millones de brasileros se mantuvieron al margen de la decisión final.

Bolsonaro asumirá la presidencia el 1 de enero con un programa de gobierno que, en materia de política interna, propone el combate a la corrupción y la “amenaza del comunismo del PT”, el establecimiento del orden social y una “limpieza nunca antes vista”, el refuerzo a la seguridad y la liberalización de la venta de armas al público, privatizaciones y disminución del gasto público, entre otras medidas. En cuanto a la política exterior, su programa de gobierno expresa muy poco, pero lo poco que dice, señala mucho.

Así, el presidente electo fue contundente al indicar que Brasil terminará con alianzas ideológicas, sólo se relacionará con aquellos países que lo beneficien y reconocerá el liderazgo de Estados Unidos en la región y el mundo.

En este sentido, ¿qué se puede esperar de la política internacional latinoamericana con Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, la octava economía del mundo y el principal actor regional después de Estados Unidos? ¿Qué escenario de poder se va a construir? ¿Cuáles serán sus dinámicas?

Un primer aspecto a tener en cuenta será el modo de inserción de Brasil en la agenda internacional regional, que actualmente se encuentra atravesada por la militarización del territorio y el fortalecimiento de la seguridad.

En esta línea, dada la formación militar de Bolsonaro junto con la postura ideológica y la estructura de su gobierno -con cargos ejecutivos y legislativos ocupados por ex militares y personal policial-, no debería sorprender que Brasil profundizara el despliegue de militares en su frontera, en especial en la parte que limita con Venezuela. Esta acción tendría un doble sentido: de contención, para frenar la inmigración venezolana; y simbólico, para mostrarle a Venezuela que el estado de las relaciones bilaterales es crítico y podría empeorar.

Al mismo tiempo, apoyándose en la legitimidad y la fuerza otorgada por el resultado electoral, se afianzarían los ejercicios militares en conjunto con tropas de Estados Unidos, Colombia y Perú en territorio brasileño, principalmente en la Amazonia. De igual manera ocurriría en la Triple Frontera con las delegaciones militares estadounidenses, en aras de una supuesta lucha contra el narcotráfico. Vislumbrar este cuadro en un marco de crisis aguda como la brasilera, podría ser foco de potencial conflicto y corrupción, teniendo en cuenta otras experiencias continentales donde las Fuerzas Armadas intervienen en tareas de seguridad.

A nivel institucional, Bolsonaro ha sido claro en terminar con alianzas ideológicas y priorizar las relaciones bilaterales. En una clara alusión a organizaciones internacionales como Unasur, Celac o el Alba -que en la década pasada Brasil tuvo la voluntad política de propiciar su edificación, liderar y/o coincidir en términos de construcción de poder regional-, la política exterior futura se ejecutará en detrimento de estas instancias.

En efecto, las relaciones multilaterales actuales de los países sudamericanos sólo generan consensos en torno a las denuncias al régimen venezolano. Más allá de eso, no se promueven espacios para generar acuerdos políticos autónomos y capaces de superar los desafíos locales. Y en esa línea, Brasil, de la mano de Bolsonaro, le daría un impulso considerable a tal proceso de fragmentación y desgaste institucional.

El Mercosur también sentirá el impacto de la participación externa de Brasil. Buscando un acercamiento a Chile -que ya se conoció que será el primer destino internacional del mandatario brasilero- y a Estados Unidos, Brasil intentará liberalizar su comercio y así evitar negociar acuerdos comerciales “en bloque” con otros socios. Al respecto, el futuro Ministro de Hacienda ya adelantó que tanto la Argentina como el Mercosur no serán prioridad para su accionar externo.

En este contexto de unilateralidad de la política externa de Brasil, la política internacional latinoamericana se vería más debilitada y fragmentada, en términos de búsqueda de consensos y acciones en conjunto. Un escenario así sólo sería funcional a los poderes extra-regionales y habilitaría dinámicas de potencial conflicto y roces, erosionando la capacidad de los países sudamericanos para construir buenas relaciones entre sí.

A modo de reflexión final, cabe preguntarse por el lugar que ocuparía Argentina en tal panorama y cómo éste la afectaría. ¿Cuál sería su rol? ¿Tendría los recursos de poder necesarios para afrontar una coyuntura de mayor fragmentación diplomática? ¿Sabría conducir tal escenario? ¿Le sería útil a sus objetivos e intereses dejar que la desintegración avance? ¿De qué manera abordaría los desafíos actuales internos y externos con actores que cada vez menos la consideran un socio de importancia? Los interrogantes se multiplican, en medio de una región fragmentada.

Noticias relacionadas