Exceso de sinceridad: ¿Bueno o malo?

Si la verdad va a perjudicar a la persona que se la digamos, es mejor callar.

Un proverbio árabe expresa que “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. De eso se trata ser cautos con la verdad. Claro que ser sinceros es una condición positiva del ser humano, pero un exceso de sinceridad sería una fuente constante de conflicto.

Aunque desde niños nos enseñan que mentir no es bueno, no decir toda la verdad sobre las cosas es una convención social que ayuda a mantener la paz y la concordia. Es una de las reglas de juego que mantiene en equilibrio la convivencia social.

Un exceso de sinceridad atenta contra la empatía en las relaciones interpersonales, ya que independientemente de que lo expresado sea verdad, no se justifica en absoluto si humilla, hiere o falta el respeto a otras personas. La psicología usa el término “sincericidio” para referirse al hábito de no controlar lo que se dice basándose en una supuesta sinceridad.

Básicamente los “sincericidas” han roto el pacto social de decir solo lo necesario. Por otro lado, no es posible ser sincero siempre, porque, de hecho, la verdad absoluta no existe, pues todo cuanto se considere cierto está matizado por vivencias, convicciones y subjetividad.

Muchas veces un exceso de sinceridad no es más que el reflejo de prejuicios, arrogancia y falta de respeto. Al final, las supuestas verdades esconden la intención de ser grosero y agredir. Además, debemos recordar que el respeto a la privacidad de las personas incluye no exponerla ni develar sus asuntos, ya sea en público como el privado.

Un acto de “sinceridad brutal” puede destruir a una persona o una relación para siempre. Si el ejercicio de este tipo de mal llamada sinceridad provoca esos perjuicios, deja de ser una virtud. Los psicólogos consideran que el “sincericidio” es una patología que se debe tratada.

Preguntas que debemos hacernos antes de pretender ser sinceros

Quienes pretenden actuar siempre con sinceridad (y sin filtros), antes de expresarse, deberían formularse las siguientes preguntas:

– ¿Es necesario decirlo? Si la respuesta es no, hay que evitar decirlo.

– Cuando lo diga ¿voy a lastimar a alguien? Si la respuesta es sí, no hay razón para expresarlo.

– ¿Decirlo contribuye positivamente a algo? Si la respuesta es no, hay que olvidarse de decirlo.

Las personas que practican la excesiva sinceridad hacen mucho daño. No se limitan, entre otras razones, porque piensan que lo contrario es mentir, engañar o ser hipócrita. Sin embargo, la sinceridad patológica produce igual perjuicio que la mentira y la hipocresía.

Es importante que en el momento que se quiere decir todo pensando que se está siendo sincero, redefinir lo que es verdad y lo que puede ser mentira. Cuando dicen que “la verdad ofende” muchas veces es cierto, por eso, se debe priorizar la honestidad, pero también la lealtad.

Debemos determinar cuándo es realmente necesario decir la verdad y cuándo no, porque ser prudente y cauteloso es también una virtud que se debe poner en práctica para vivir en armonía en sociedad.

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