Seamos libres. Una crítica al liberalismo de moda.

por Andrés Oscar Hadad

– Seamos libres.
– ¿Quienes?, ¿Todos?
– No, sólo nosotros, “LOS LIBERALES”.

Al liberalismo se lo dice de muchas maneras. Y más en tiempos en que
parece haberse puesto de moda. Si intentaríamos consensuar algunas de sus
mayores características, seguramente nos encontraríamos con tres ideas básicas:
libre mercado, libertad de consumo y achicamiento del Estado.

La opinión de hoy intentará desvirtuar esa idea por entender que el
liberalismo, como corriente ético-política, no se trata de eso.

Creo que esa noción liberal de la libertad resulta insuficiente. En un
contexto democrático a la idea de libertad se le exige mucho más que eso, porque
la libertad no es únicamente la ausencia de restricciones.

El rasgo fundamental que caracteriza a sus diferentes variantes es
compartir un núcleo ético básico que considera al individuo- y no a determinado
grupo o colectivo – como la unidad primera de atribución de valor moral, razón por
la que merece ser protegido mediante una serie de derechos, siempre atribuibles
de manera individual, derechos que no debieran ser sacrificados en aras de la
prosecución de algún bien colectivo. No existe una lista cerrada de estos
derechos, e incluso de existir, su composición sería materia de interminable
discusión. Más allá de eso, derechos tales como la libertad de expresión, de
conciencia, de integridad personal, de asociación, gozan de pleno consenso.

Ahora bien, el desafío creo que se encuentra justamente allí, en las
diferencias que comienzan a surgir respecto de cuál es la manera correcta de dar
cuenta de ese núcleo básico. Así, nos encontramos con posiciones que van desde
las sustentadas por alguien como el austríaco Hayek, quien consideraba que
cualquier intervención del Estado en el mercado constituye un atentado a la
libertad individual (como dato de color y coherencia, elogió al gobierno de Augusto
Pinochet por considerarlo una “dictadura liberal”) o como el estadounidense

Robert Nozick (quien también con el propósito de defender la libertad aboga por
un estado mínimo) a liberales de tinte igualitarista como John Rawls y, un poco
más cerca nuestro, Carlos Nino.
A mi entender, el liberalismo se halla mucho mejor representado por estos
últimos, quienes entienden que una sociedad democrática debe garantizar un
núcleo de derechos que proteja las libertades básicas de todos y cada uno de los
ciudadanos, acompañado de una distribución justa de ciertos bienes básicos como
condición necesaria para llevar una vida digna y para hacer uso justamente de
estas libertades.

La libertad es, si la entendemos de este modo, un valor irreductible; no por
razones metafísicas sino por razones histórico-culturales. Sin ir más lejos es, junto
con la igualdad, la idea-fuerza del proyecto ilustrado del que el liberalismo forma
parte, proyecto al que confieso admirar profundamente.
Pero más allá de la definición que consideremos adecuada, el problema de
este pensamiento liberalista no creo que radique en tratar de definirlo, sino, más
bien, en la manera de alcanzarlo. Y es en ese momento que aparece la hermana
de la libertad: la igualdad.

Ahora bien, en esta tradición liberal se observa una tensión entre estas dos
ideas o valores, por entender que el cumplimiento de una puede implicar el
incumplimiento de la otra. En este sentido, si se propone una agenda política que
priorice alguna forma de igualdad (educativa, acceso a la salud, de recursos)
necesariamente tendrá que ser en detrimento de la libertad, o, dicho con mayor
precisión, de algunas libertades. Y es allí donde necesariamente aparece el
concepto de resdistribución e impuestos.

Desde esta óptica liberal igualitarista es posible disolver esa tensión si se
piensa seriamente qué significa que los ciudadanos tengan las mismas libertades –
no todas las posibles, sino las necesarias-.
Se observa con frecuencia que las garantías constitucionales destinadas a
proteger estas libertades mediante la distribución igualitaria de los derechos sólo
lo hacen de modo formal. Las libertades básicas permiten a los ciudadanos hacer
varias cosas, protegiendo las elecciones de sus planes de vida, tanto de las
posibles interferencias del gobierno de turno como de las interferencias de
particulares. Sin embargo, es claro que la pobreza, la falta de educación, la

carencia de recursos tanto materiales como intelectuales constituyen un obstáculo
infranqueable para ejercer esos derechos y sacar provecho de esas libertades.
Es imposible que se satisfagan los derechos básicos que defiende el
liberalismo si no existen condiciones económicas y sociales mucho más
equitativas de las que existen en nuestro país, donde más del treinta por ciento de
la población es pobre. Ser pobre no significa sólo no poder solventar la canasta
familiar. Significa, además, no tener acceso al agua potable, no estar libre de
enfermedades evitables, no tener posibilidad de recibir educación, no tener
capacidad de informarse, no estar en condiciones de ejercer los derechos
políticos.

Y es en ese momento en que se evidencia que hay una cualidad de la
pobreza que se vincula de manera directa con la calidad de la democracia y
con el modo en que en ella se distribuye el poder: la pobreza política.
Si se mide el poder político en relación con la posibilidad de incidir en la
agenda, un pobre político será aquel que no tenga posibilidad de influir en ella, de
modo que siempre verá frustrada la satisfacción de sus demandas, a veces,
incluso, porque carece de la capacidad de articularlas a fin de encontrar un canal
apropiado de expresión en el espacio público o de representación en el espacio
político.

Los pobres argentinos son también pobres políticos, cuyas únicas
esperanzas (no ya de salir de la pobreza, sino satisfacer alguna necesidad básica)
se materializan en el puntero de turno; son personas eternamente atrapadas en
las redes del clientelismo, un modo tan espurio como cualquier otro de ejercer la
dominación. Si nos preguntamos cuáles son las libertades de las que gozan estas
personas, la respuesta más optimista será “muy pocas”, sobre todo si las
comparamos con las gozadas por las personas mejor situadas en la escala social.
Si lo pensamos así, en un país como el nuestro, una agenda liberal no
puede tener otra prioridad que la de reducir la pobreza en función de asegurar a
todos por igual la posibilidad del disfrute de estas libertades. No se trata de
renunciar a las libertades individuales en función de un mayor bienestar para los
que están empantanados, ni de resignar ese bienestar en favor de las libertades.
En todo caso se trata de concebir el bienestar o -para no herir susceptibilidades de
algún antikeynes- el “estar bien” de las personas como expansión de las
libertades.

En favor de la libertad deben garantizarse todos aquellos bienes que
constituyen la condición necesaria tanto para la libre elección de los proyectos
vitales como para el ejercicio de una ciudadanía plena y responsable. En este
sentido, hay ciertas áreas que deben tener prioridad: la salud, la educación, el
acceso al trabajo, a la vivienda digna, la protección del medio ambiente, el
desarrollo científico y tecnológico, por nombrar algunos. El estado debe asegurar
un derecho universal e igualitario a la atención de la salud en todos sus niveles; la
educación debe garantizar una auténtica igualdad de oportunidades para la futura
elección de los proyectos de vida.

Es inadmisible que el Estado no invierta en programas con miras a nivelar
las capacidades y habilidades de los desfavorecidos
Concluyendo, resulta interesante acudir al republicanismo como ideología.
Cuando el neoliberalismo alcanzó una alta relevancia surgieron una serie de
detractores tales como Quentin Skinner que, desde esta corriente de pensamiento,
reinterpretaron el concepto criticando la noción de libertad de los liberales. Sin
extenderme demasiado, quisiera considerar su aporte al concepto. De acuerdo a
los republicanos, libertad no sería “ser libre de” sino “ser libre para”.

En síntesis, el liberalismo entendido de esta última manera, como
liberalismo igualitario, no puede esperar. Se trata, entonces, de reducir los
obstáculos que resultan de las inequidades sociales, para que cada cual tenga las
mismas chances de vivir una vida autónoma, para que desaparezcan esos
malditos dolores que nos quedan y alcancemos, de una vez por todas, las
libertades que nos faltan.

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