Estados Unidos, Venezuela y el dilema del “policía del mundo”
Entre sanciones, amenazas y disputas globales, Estados Unidos vuelve a intervenir en América Latina mientras Venezuela se desmorona y el mundo avanza hacia una peligrosa reconfiguración del poder internacional.
Geopolítica, poder, paz y el riesgo latente de una guerra global
La política de Estados Unidos hacia Venezuela —reactivada con fuerza durante la presidencia de Donald Trump y continuada, con matices, por administraciones posteriores— vuelve a colocar en el centro del debate un dilema tan antiguo como vigente:
¿Es legítimo que una potencia se arrogue el rol de garante del orden internacional, o estamos ante la persistencia de una lógica imperial que multiplica los conflictos?
El caso venezolano condensa múltiples capas de análisis. Por un lado, la evidencia empírica de un régimen exhausto, con profundas dificultades económicas, sociales y políticas. Por otro, una estrategia estadounidense que combina sanciones económicas, presión diplomática y advertencias de fuerza, bajo el argumento de la defensa de la democracia y los derechos humanos.
En el medio de estas tensiones geopolíticas hay una realidad ineludible: millones de personas que debieron abandonar su país. Venezolanos exiliados en Argentina, Colombia, Perú, Chile y buena parte del continente, buscando una vida posible, una normalidad mínima que hoy Venezuela no puede garantizar.
El régimen venezolano y el límite de la resistencia
Incluso analistas alejados de Washington coinciden en que el modelo venezolano atraviesa un colapso estructural. Economistas como Ricardo Hausmann y Francisco Rodríguez han señalado que la destrucción de la capacidad productiva, la hiperinflación persistente y la dependencia casi absoluta de recursos externos vuelven extraordinariamente difícil la continuidad del régimen en el largo plazo.
A esta crisis se suma una diáspora masiva, considerada por organismos internacionales como uno de los desplazamientos humanos más grandes de la historia reciente de América Latina.
Negar esta realidad sería un ejercicio de negacionismo político. Pero reconocerla no implica, necesariamente, avalar cualquier forma de intervención externa. Aquí emerge el dilema ético central.
Estados Unidos como “policía del mundo”
Desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos ha operado bajo una lógica de hegemonía unipolar. El politólogo John Mearsheimer, referente del realismo ofensivo, sostiene que las grandes potencias actúan principalmente en función de maximizar su seguridad y su poder, aun cuando estas acciones se revistan de discursos morales.
“Las potencias no actúan por altruismo, sino por supervivencia estratégica” —John Mearsheimer
Desde esta perspectiva, Venezuela no es solo un problema democrático, sino una pieza en un tablero mayor: control de recursos estratégicos, influencia regional y contención de actores rivales.
Por su parte, Joseph Nye, creador del concepto de soft power, advierte que cuando el poder duro desplaza a la diplomacia, el resultado suele ser una pérdida de legitimidad internacional, especialmente en regiones con memoria histórica de intervenciones externas.
Estados Unidos y Argentina: una relación ambivalente
La historia entre Estados Unidos y Argentina está marcada por una mezcla de cooperación, desconfianza y conflicto. Desde el apoyo explícito o tácito a dictaduras durante la Guerra Fría hasta los alineamientos automáticos de los años noventa, la percepción de Washington como actor desinteresado nunca logró consolidarse plenamente.
El politólogo Carlos Escudé analizó cómo el realismo periférico llevó a países como Argentina a subordinar su política exterior con la expectativa de beneficios que, en muchos casos, no se materializaron.
Este antecedente explica por qué, frente al caso venezolano, amplios sectores de la sociedad argentina observan con recelo estructural cualquier intento de intervención directa.
China en América Latina: el telón de fondo
El avance de China en América Latina es un factor imposible de ignorar. Inversiones en infraestructura, financiamiento sin condicionamientos políticos explícitos y acuerdos comerciales estratégicos han convertido a Pekín en un socio clave para muchos países de la región, incluida Venezuela.
El filósofo Slavoj Žižek advierte que el mundo atraviesa una transición caótica hacia una multipolaridad sin reglas claras, donde las potencias compiten sin consensos mínimos.
¿Intervenciones que generaron prosperidad?
La historia demuestra que no todas las intervenciones estadounidenses tuvieron idénticos resultados. Alemania y Japón, tras la Segunda Guerra Mundial, se transformaron en potencias económicas bajo ocupación y reconstrucción lideradas por Estados Unidos. Corea del Sur evolucionó desde la pobreza extrema hacia un desarrollo industrial notable.
Sin embargo, estos procesos ocurrieron bajo condiciones excepcionales: guerras totales, consensos internacionales amplios y planes de reconstrucción de largo plazo, como el Plan Marshall.
Compararlos de manera lineal con Irak, Afganistán o Libia —donde la intervención derivó en Estados frágiles o directamente fallidos— resulta intelectualmente deshonesto.
¿La guerra llega a América?
Antes de su muerte, el sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de un mundo en estado de guerra difusa: conflictos fragmentados, permanentes y sin declaración formal.
El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la violencia contemporánea adopta formas sistémicas, económicas y tecnológicas, más que enfrentamientos convencionales.
Cuando los conflictos se multiplican en Europa, Medio Oriente, África y ahora amenazan con escalar en América Latina, la idea de una guerra mundial deja de ser una exageración retórica.
La necesidad de una ética de la paz
Pensadores contemporáneos como Martha Nussbaum y Jürgen Habermas coinciden en que el orden internacional requiere algo más que equilibrios de poder: necesita una ética cosmopolita, basada en la dignidad humana y en instituciones multilaterales fortalecidas.
La paz —advierten— no es la ausencia de guerra, sino la construcción activa de condiciones de justicia.
Una conclusión incómoda
Estados Unidos no actúa en el vacío, ni Venezuela es solo una víctima pasiva. Entre la injerencia y la indiferencia existe un espacio complejo que exige inteligencia política, cooperación regional y una mirada menos belicista del mundo.
Tal vez el verdadero dilema no sea si Estados Unidos debe o no ser el policía del mundo, sino si el mundo puede seguir sobreviviendo a policías armados hasta los dientes, en un contexto donde la paz se vuelve, cada día, un recurso más escaso y más urgente. Sin embargo los modelos hoy son muy claros y nuestra cultura de una u otra forma acepta solo una.